Rescatando lo Perdido

Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.  Luc. 19:10

 
  
 

Tema del mes: EL PERDÓN


I. En el Antiguo Testamento
En el AT el concepto del perdón se expresa principalmente por medio de palabras de tres raíces diferentes. kpr generalmente trasmite la idea de expiación, y frecuentemente se emplea en relación con los sacrificios. Su uso para “perdonar” implica que se lleva a cabo una expiación. El verbo nsŒ< significa básicamente “levantar”, “llevar”, y nos presenta un cuadro gráfico en que el pecado es retirado del pecador e inmediatamente llevado. La tercera es slh\, de derivación desconocida, pero que en su uso se asemeja mucho a nuestro ‘perdonar”. La primera y la última se utilizan siempre para el perdón de Dios, pero nsŒ< se aplica también al perdón humano.
No se considera el perdón como algo obvio, algo que está en la naturaleza de las cosas. Abundan los pasajes que nos hablan de que el Señor no perdona ciertas ofensas (Dt. 29.20; 2 R. 24.4; Jer. 5.7; Lm. 3.42). Cuando se obtiene perdón se trata de algo que debemos recibir con gratitud, y considerar con temor y admiración. El pecado merece el castigo, mientras que el perdón es una gracia asombrosa. “Pero en ti hay perdón”, dice el Salmista, y añade (lo que quizás nos resultará sorprendente) “para que seas reverenciado” (Sal. 130.4).
El perdón es algo que está relacionado con la expiación, mientras que slh\ muchas veces tiene que ver con los sacrificios. Como ya hemos visto, el verbo originado en la raíz kpr tiene el significado esencial de “hacer expiación”. Quizás no sea coincidencia el que, además de emplearse para el perdón de los pecados, nsŒ< se use también para soportar la pena por el pecado (Nm. 14.33s; Ez. 14.10). Aparentemente los dos están relacionados. Esto no quiere decir que Dios sea un ser severo que no perdona sin un quid pro quo. Dios es un Dios de gracia, y los medios para llevar el pecado fueron instituidos por él mismo. Los sacrificios tienen valor solamente porque él ha proporcionado la sangre como medio de expiación (Lv. 17.11). En ninguna parte nos dice el AT que se haya obtenido el perdón de Dios a regañadientes, o que se lo haya comprado por medio del soborno.
El perdón es posible, en consecuencia, solamente porque Dios es un Dios de gracia; o si empleamos la hermosa expresión de Neh. 9.17, “un Dios que perdona” (°ci, “un Dios pronto a perdonar”). “De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar” (Dn. 9.9). Pasaje muy instructivo para entender el perdón en todo el AT es Ex. 34.6s, “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado”. El perdón se origina en la naturaleza benevolente de Dios. Pero su perdón no es indiscriminado. De ninguna manera “tendrá por inocente al malvado”. Del lado del hombre tiene que haber penitencia para ser perdonado. Aunque esto no aparece como exigencia formal, está implícito en todas partes. Los pecadores penitentes son perdonados. Los impenitentes, que todavía siguen en sus malos caminos, no lo son.
Debemos tener presente que la idea del perdón se trasmite de un modo sumamente gráfico por otras imágenes, aparte del uso de nuestros tres términos para perdón. El Salmista, por ejemplo, dice que “cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Sal. 103.12). Isaías dice que Dios echó tras sus espaldas todos los pecados del profeta (Is. 38.17), y que “borró” las transgresiones del pueblo (Is. 43.25; cf. Sal. 51.1, 9). En Jer. 31.34 el Señor dice, “no me acordaré más de su pecado”, y en Miqueas vemos que echará “en lo profundo del mar” todos nuestros pecados (Mi. 7.19). Lenguaje tan gráfico pone de relieve cuán completo es el perdón de Dios. Cuando él perdona hace desaparecer completamente los pecados de los hombres. No vuelve a verlos más.

II. En el Nuevo Testamento

En el NT hay dos verbos principales que debemos considerar: jarizomai (que significa “tratar benévolamente”) y afieµmi (‘despachar’, ‘soltar’). El sustantivo afesis, ‘remisión’, también se encuentra con alguna frecuencia. Hay, también, dos palabras más: apolyoµ, ‘liberar’, que se utiliza en Lc. 6.37, “perdonad, y seréis perdonados”; y paresis, ‘un pasar por alto’, empleado en Ro. 3.25 en el sentido de que Dios pasa por alto los pecados anteriores.
En el NT se aclaran varios puntos. Uno es que el pecador perdonado debe perdonar a otros, lo que se manifiesta en Lc. 6.37, anteriormente citado, en el Padrenuestro, y en otros lugares. La disposición a perdonar a otros es parte de la indicación de que verdaderamente nos hemos arrepentido. Además, el arrepentimiento debe ser completamente sincero. Emana del perdón de Cristo hacia nosotros, y debe ser como el perdón de Cristo: “de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Col. 3.13). Varias veces Cristo insiste en lo mismo, como lo hace en la parábola de los dos deudores (Mt. 18.23–35).
No siempre se relaciona directamente el perdón con la cruz, aunque a veces ocurre así, como en Ef. 1.7, “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”. Igualmente, en Mt. 26.28 encontramos que la sangre de Cristo fue vertida “por muchos … derramada para remisión de los pecados”. Más usual es encontrarlo directamente relacionado con Cristo mismo. “Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Ef. 4.32). “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador … para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5.31). “… por medio de él se os anuncia perdón de pecados” (Hch. 13.38). Junto a estos deberíamos colocar pasajes en los que Jesús, durante los días que permaneció en la carne, declaró que los hombres eran perdonados. En el incidente de la curación del paralítico que fue bajado a través del tejado, el Señor realizó el milagro expresamente “… para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mr. 2.10). Pero la persona de Cristo no ha de ser separada de su obra. El perdón por, o a través de, Jesucristo significa un perdón que emana de lo que él es y lo que él hace. En particular, no debe entenderse como algo separado de la cruz, especialmente desde el momento en que a menudo se dice que su muerte fue una muerte “por el pecado” (* Expiación). Además de los pasajes específicos que unen el perdón con la muerte de Cristo, tenemos todo el impacto de los pasajes neotestamentarios que tratan la muerte expiatoria del Salvador.
El perdón descansa básicamente, entonces, en la obra expiatoria de Cristo, lo que equivale a decir que es un acto de pura gracia. “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Jn. 1.9). Una y otra vez se insiste en que el hombre tiene que arrepentirse. Juan el Bautista predicó “el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (Mr. 1.4), tema que adopta Pedro con referencia al bautismo cristiano (Hch. 2.38). Cristo mismo ordenó que se predicase en su nombre “el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Lc. 24.47). Igualmente, se relaciona el perdón con la fe (Hch. 10.43; Stg. 5.15). No debemos pensar en la fe y el arrepentimiento como méritos que nos hacen merecer el perdón. Más bien son los medios por los cuales hacemos nuestra la gracia de Dios.
Debemos mencionar dos puntos difíciles. Uno es el del pecado contra el Espíritu Santo, que nunca puede ser perdonado (Mt. 12.31s; Mr. 3.28s; Lc. 12.10; cf. 1 Jn. 5.16). Nunca se define este pecado. Pero a la luz de la enseñanza neotestamentaria, en general es imposible pensar en él como un acto pecaminoso específico. La referencia es más bien a la continua blasfemia contra el Espíritu de Dios de aquel que sistemáticamente rechaza su misericordioso llamado. Esto por cierto es blasfemia.
El otro es Jn. 20.23, “a quienes remitiereis los pecados, les son remitidos”. Es extremadamente difícil pensar que Cristo habría de dejar en manos de los hombres la determinación de si deben perdonarse los pecados de otra persona o no. Los puntos importantes son el plural “quienes” (plural gr. que se refiere a categorías y no a individuos), y el tiempo perfecto traducido “son remitidos” (que quiere decir “han sido” y no que “serán remitidos”). De modo que el pasaje puede significar que, al ser inspirados por el Espíritu Santo (v. 22), los que siguen a Jesús podrán decir con precisión a qué categoría de hombres les son perdonados los pecados y a cuáles no.


Douglas, J. D., Nuevo Diccionario Biblico Certeza, (Barcelona, Buenos Aires, La Paz, Quito: Ediciones Certeza) 2000, c1982.